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4. Apatía.

En la penumbra de la indiferencia, donde el alma yace adormecida, surge la apatía, sombra fría, que en el corazón se anida.

Un susurro sin eco, sin voz, en un silencio que pesa como plomo, la apatía se posa, se enrosca, tejiendo telarañas en cada recodo.

En el jardín de los sentimientos yace, una flor descolorida, marchita, pues la indiferencia, con su guadaña, corta la conexión que el amor habilita.

¿Dónde se oculta la pasión perdida? En el rincón de la resignación, la apatía se disfraza de rutina, ahogando los sueños en la desolación.

Las lágrimas se vuelven transparentes, la risa se desvanece en un eco lejano, en el reino de la apatía persistente, se desdibuja el color del ser humano.

Oh, apatía, prisión de emociones, tejedora de telas grises y frías, en tu abrazo se pierden las pasiones, se desvanecen las luces del día.

¿Acaso hay un camino de regreso? ¿Cómo romper las cadenas invisibles? Quizás en el despertar de un suspiro, resurja la chispa, aunque imperceptible.

Que el sol de la esperanza ilumine, que las sombras de la apatía se disuelvan, que el corazón, como ave que renace, vuelva a latir con fuerza, que revuelva.

Pero en este poema de sombras descrito, la apatía es solo una estación pasajera, pues cada alma tiene su propio grito, y en el eco de ese grito, renace entera.

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