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7. Furia.

En la penumbra de la noche erguida, surge un eco de fuego, furia encendida. Se alza la tempestad con ímpetu, en el alma del viento, su rugir tributo.

Furia que arde como llamas desatadas, en el núcleo del ser, almas enardecidas. Un océano de rabia, turbulentas mareas, rompe las cadenas, desata sus estelas.

El relámpago danza en la mirada, como chispas de ira en la madrugada. El trueno retumba, eco de un corazón, que late con la fuerza de la indignación.

En las sombras se forja un vaivén salvaje, una danza de sombras en un frenesí coraje. La furia, titánica, en el pecho retumbante, una tormenta de pasión, en su furor vibrante.

¿Quién detendrá la avalancha de furia? El rayo que hiende el cielo, la fiera que murmura. En el fragor de la cólera, un poema nace, como un rugido que desgarra, pero también abraza.

Oh, furia ardiente, doble filo en la espada, en tu fuego encuentro mi alma agitada. Elevas la voz, como un trágico canto, una sinfonía de tormenta en cada encanto.

En la oscuridad de la rabia despiadada, resuena la llamada de la tempestad ansiada. Pero en la calma que sigue al vendaval, la furia se apacigua, como un río en su caudal.

Así en la tormenta hallamos la calma, en el poema de la furia, el alma se embalsama. Que la rabia sea la musa que inspire la paz, en este poema efímero, que a la furia desata.

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